Visitas

martes, 11 de marzo de 2014

Deberes para la Universidad

Como es mi costumbre, no escribo si no es bajo presión. Y qué mejor que la que siento en el taller que he empezado en la Universidad.




Celebración

Qué casualidad. En la pista de baile sonaba una de sus canciones preferidas. ¿Cuántos años habían pasado sin que la hubiera vuelto a escuchar? ¿Veinticinco? Mientras se dejaba llevar por los recuerdos, al mismo ritmo que hacía girar los hielos en su copa, del otro lado de la sala una mujer, pequeña, con el pelo a lo garçon, y unas curvas que provocaron el deseo de unos cuantos hombres y mujeres, que la acompañaron, con la mirada, hasta que ella se detuvo en el centro de la pista y comenzó a balancear sus brazos, su cabeza, los volantes de su falda, siguiendo  la música. En ese instante, él levantó los ojos  y los dirigió hacia esa figura que lo hipnotizó, obligándole a levantarse y a acercarse paso a paso, con movimientos lentos, tímidos, hasta que, tan solo, los separaron unos centímetros. Le ofreció su mano y aunque ella, en un primer momento, lo rechazó, el hombre insistió, mostrándole su mejor sonrisa. Juntaron sus cuerpos, se fundieron en uno y durante los tres minutos que duró la canción, no existió para ellos nadie más. Pero cuando el último acorde dejó de sonar,  la mujer se separó de él y se marchó; sin darle tiempo a preguntarle cómo se llamaba, cómo podría localizarla. Desilusionado, abandonó el local y se dirigió hacia su casa, soñando con la noche apasionada que podría haber disfrutado y que había dejado escapar. Llegó al portal, comenzó a subir las escaleras y a medida que iba llegando a su piso, oyó cómo su mujer repetía, con un excelente acento francés, las frases que una voz masculina repetía en la cinta de casete.  Abrió la puerta, dejó las llaves en el mueble de la entrada, se dirigió hacia el fondo del pasillo y al entrar en su dormitorio y verla, recostada en la cama, ocupando tan poco espacio, lo único que pudo decir, mientras una alegría inmensa lo invadía fue —Siempre fuiste más rápida que yo—.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Adiós




Egon Schiele

Si me hubieras dicho ven…

Dices que te gusta tenerme ensartadita y me lo creo porque, por mas que muevo las manos, los brazos, las piernas, no consigo alejarme de ti. Estás tan dentro de mí que mi cuerpo ha dejado de pertenecerme y solo obedece a tus deseos. Cogiéndome de las caderas, dibujas con ellas círculos sobre tu pubis, provocando que a nuestro alrededor todo giré y giré. No puedo centrar la mirada en ningún punto y dejo libres los ojos, que miran a un lado y a otro, mientras una placentera sensación brota del punto mas cercano a tu piel. Siguiendo la inercia causada por tus manos mi cuerpo dibuja pequeñas eses, al mismo ritmo que nuestras respiraciones aumentan de intensidad. Una intensidad silenciosa, como tú, como yo; nadie diría que te gusta, nadie sabrá lo mucho que disfruto. Aunque decides hacia dónde vamos, mis labios han conseguido acercarse a los tuyos y los besan suavecito, con una ligera caricia, hasta que respondes, contigo tu lengua, que metes en mi boca, mezclando tu saliva con la mía salada, dulce, dulce, salada y dejamos pasar el tiempo como si nuestras lenguas estuvieran en medio de un vals. No has dejado de mirarme un minuto y, aunque ya no te queda nada de mí por besar, me avergüenzo. No es una vergüenza por lo que tú haces, repítelo tantas veces como quieras, pero sí por mí, porque no me atrevo a morderte, a comerte, a acariciarte, a pesar de quererlo, de quererte. Las horas pasan con tus dedos jugueteando, con las yemas de los míos entreteniéndose en tu pecho, tus brazos. Ahora, abrázame. Abrázame y miénteme. Abrázame y miénteme al decirme que las horas se convertirán en días, que no nos separarán.  Pero no quieres, entonces me hablas de ti, de mí, de los dos,  y ya no somos uno.  Me observas mientras me visto, callado, serio, con la despedida escrita en tu cara. Te miro y lo único que acierto a decirte es un simple adiós, y me voy, lo hago llevándome tu olor como único recuerdo de este instante: fugaz,  apasionado e inolvidablemente doloroso.

…, tal vez, lo hubiera dejado todo.





jueves, 21 de noviembre de 2013

Marina mía II

Segundo intento para una declaración de amor con cuatro letras.

Verano de 1992


Si su padre estuviera aquí, observándola en silencio, en algún momento lo rompería al decirle "Marinita cuatro ojos capitán de los piojos" y sé que se mirarían y se sonreirían mientras yo, al margen de su complicidad, descubriría en cada uno el reflejo del otro. Da igual que mirara a mi derecha o a mi izquierda, lo que encontraría son unas cejas perfectamente dibujadas enmarcando unos ojos grandes, despiertos, que, junto a unos labios que parecen coloreados, me contarían, cada día, sin necesidad de una palabra, sus alegrías o sus tristezas. Una nariz pequeña, que ella acariciaría con sus dedos índice y corazón en un gesto de impaciencia, de concentración, mientras leyera, nos hablara, nos mirara, soñara. Y aunque diera un salto por el resto de su cuerpo, me detendría en sus manos pequeñas, muy pequeñas, y exactas. En las de él podría ver las huellas que, tal vez, dejaría el paso del tiempo en las de ella y me entretendría acariciando la una, la otra, la de los dos a la vez.  Y continuaría, callada, estudiando su parecido; escuchando cómo sus voces hablaban en la misma clave, acompasadas. Hasta que al final  los vería abrazarse para conformar un par sin fisuras, tan solo con un mínimo espacio para mí. Y no me importaría que mi sitio fuera pequeño. Por que, en ese instante, serían míos, aunque no lo supieran, serían míos; hasta que se levantaran, se despidieran y fueran de otros.

Para ella, para que deje de lloriquear.

---------------------------------------------------------------------------------------------

El primer intento lo podéis encontrar aquí

domingo, 10 de noviembre de 2013

Paso a paso, camino a camino, camiño a camiño



Lo que se lleva el camiño


Harta de verme fea, mayor, ojerosa, en las fotografías de los últimos veranos, decidí que la única parte de mi cuerpo, que todavía era fotogénica, eran mis pies, así que los preparé a conciencia para las sesiones a las que los iba a someter. Unas cuantas horas a remojo, un buen cepillado y cualquier resto de cansancio había desaparecido, ya solo me quedaba tintar la uñas de aquel esmalte rojo coral que guardaba para alguna ocasión especial. Una pena tener que esconderlos ahora tan limpitos y atractivos. Pero, bueno, sí o sí, las chirucas eran el mejor calzado para recorrer el camino que me llevaría al destino elegido, Santiago. Días de penuria, de kilómetros andados, fueron endureciendo mis talones, cubriendo mis dedos de llagas como si las arrugas, la flacidez de mis mejillas, hubieran descendido hasta ellos. Pero, aunque me sentía derrotada, no hubo fuente, paisaje, taberna que no fuera fotografiada con mis pies en primer plano. Un disparate para mis acompañantes pero un consuelo para mí. El camino se hizo duro; los kilos de más, la edad, nos pasaron factura hasta que llegamos a la plaza del Obradoiro. Y allí me encontraba, en medio de tanto peregrino, de cara a la catedral, dispuesta a cumplir la promesa que me había hecho. Con todo el cuidado me senté en mitad de la plaza, preparé la cámara a un lado, me quité las botas, los calcetines, y dejé que los pies se airearan, jugueteando con los dedos, mientras que el calor de ese día magnífico los aliviaba y, cuando ya me sentí dispuesta, con un gran esfuerzo, levanté las piernas para que los pies quedaran en primer término y, al fondo, la inmensidad del edificio y lo hice o, mejor dicho, la hice, disparé la cámara, y esa imagen, tan soñada, quedó inmortalizada. Durante unos minutos aguanté las risas de mis compañeros de viaje, hasta que les di la
espalda y comencé a caminar sin volverme, sin saber si me seguían, dejando atrás el peso de un pasado con el que llevaba a cuestas demasiados años. Deambulé por las calles deshaciéndome poco a poco de todo mi equipaje, sintiéndome cada vez más ligera. Encontré un pequeño albergue en el que me alojé durante muchos días, en los que dejé que los minutos, las horas, transcurrieran sin ningún control, libre de ataduras y culpas. Paseé por el cauce arbolado del río Sarela, subí al mirador del Monte Pedroso, seguí a los caminantes hasta el Monte do Gozo, descubrí cada rincón de esta ciudad,  sin más compañía que mi soledad. Me sentí liberada, tranquila, feliz. El murmullo de las hojas, del viento, del agua, fue lo único que escuché, ningún pensamiento tuvo cabida. Y, hoy, tiempo después, da igual cuánto, solo importa que soy otra, me encuentro en el kilómetro cero de mi renacimiento, viviendo de lo que gano en un puestecito en el que vendo postales con paisajes del camino, con mis pies como protagonistas, y las fotografías que les hago a los peregrinos de sus pies ante la fachada de la catedral. Mis pasos me trajeron aquí y no sé adónde me llevarán, de lo que sí estoy segura es de que mis ojeras, mis arrugas, desde aquel día, se difuminan, con la luz recuperada de mis ojos,  y  de que ya no me importa, incluso me gusta, salir de cuerpo entero.


sábado, 26 de octubre de 2013

La Esfera Cultural y Juanlu


Para esta ilustración de Juanlu, escribí el relato que sigue y que publicaron, al día siguiente de mandarlo, en La Esfera Cultural pero, una pena, sin el dibujo. Culpa mía por no habérselo enviado a tiempo, no esperaba que lo publicaran y, menos, tan rápido. Pero aquí lo tenéis para que lo disfrutéis tanto como yo.




Horizonte triangular
Solo un triangulito de tela me separa de la total desnudez. Si miro al horizonte y te busco en la distancia, te encontraré mirándome, a través de los prismáticos. Seguro que una de tus fantasías es que un golpe de mar deshaga los pequeños lazos que descansan en mis caderas y que la frondosidad que imaginas entre mis piernas se muestre tan solo ante ti. Creo que voy a simular que no puedo luchar contra la corriente a ver si, de una vez, bajas de tu torre de vigilancia, me tomas en tus brazos y me devuelves el aliento al juntar tus labios a los míos. El verano está punto de terminar y, por lo que veo, detrás de un torso perfecto, de unos muslos fuertes, torneados, se esconde un tímido enfermizo. No pasa nada, mi aspecto delicado esconde una mujer decidida, apasionada. Ya lo verás cuando te atrape con mis piernas y no te deje marchar. No sé si, entonces, desearás que hubiera sido una sirena.

Para continuar con las colaboraciones con Juanlu:




Esta ilustración la hizo para mi relato 3.10 minutos de encantamiento. ¿A que son maravillosos esos labios rojos, esa mirada tan complice, a que parece que están bailando y amando de verdad?

domingo, 8 de septiembre de 2013

Verídico a medias o menos





El Mirón, Max Fund



¡Sorpresa!

No sabe que cada día, sobre las 8, hora en la que se levanta, me acerco a la esquina de la calle desde donde puedo ver el  balcón de su dormitorio, a la espera de cualquier movimiento de las cortinas. Si estuviera en el primer piso de la finca de enfrente, conociendo lo poco cuidadosa que es,  podría distinguir su silueta desnuda delante del espejo de su armario, mientras elige qué prendas se va a poner.  Sé que disfrutaría viendo cómo se cubre los pechos con un sujetador claro, no le gustan los colores llamativos en la ropa interior, y cómo escoge el tamaño de sus braguitas, según se vaya a poner un pantalón ajustado o un vestido vaporoso. Pero me conformo imaginando sus movimientos, a la vez que esquivo las miradas curiosas de los vecinos. Alguno de ellos ha empezado a incomodarse, por lo que tendré que agenciarme alguna excusa que justifique mi presencia, diaria  e impasible, o, lo mejor, comenzaré a saludarles. Un hola a tiempo y sonriente eliminará cualquier sospecha y convertirá mi persona en una más del barrio; pasaré a ser alguien de confianza. Aunque esto lo dejo para otra ocasión. Ahora son las 8.45, hora en la que sale presurosa para irse a trabajar; oportunidad que aprovecho para colarme en el portal, subir las escaleras, acercarme a la entrada de su casa, apoyar la frente en su puerta e inspirar la estela de su perfume. No puedo evitar la erección que me provoca y me escondo en un rincón del rellano para desahogar esta excitación tan dolorosa. Paso las horas siguientes deambulando por las calles, descontando los minutos que quedan para su regreso. Horas interminables  que merecen la pena cuando la veo aparecer, con un aspecto mucho más desaliñado, que me inspira unas ganas terribles de cuidarla. Sabría cómo reconfortarla. Pero aún no es mi momento, ahora tengo que resignarme con las tres o cuatro llamadas que le haré a continuación. Primero me quedaré en silencio, después será un suave jadeo lo que escuche y, como regalo final, la deleitaré con una respiración agitada mientras me masturbo al escuchar su voz, asustada, cuando me pregunta quién soy. No puede engañarme, lo sabe y me desea lo mismo que yo a ella. Le gusta jugar tanto como a mí, sino ya habría avisado a la policía. No me importan sus insultos, sus gritos, pidiéndome que la deje en paz, ya queda poco para que pueda mirarme a los ojos, muy cerca el uno del otro, y confiese sus verdaderos sueños. Lo desea, si no ¿por qué dejó olvidadas las llaves en la cerradura? Me divierten sus despistes fingidos. Comienza a anochecer y el momento, con el que los dos hemos soñado, se acerca. Subo lentamente las escaleras, recorro el pasillo, me detengo delante de su casa; necesito controlar la emoción del encuentro e inspiro profundamente mientras abro la puerta. Me recibe tal oscuridad y silencio que mis fantasías se descontrolan. Recorro con la mirada el espacio en el que tantas veces la he imaginado desnuda, sumisa. Una suave luz se distingue al fondo del corredor, sonrío mientras me acerco al dormitorio en el que sé que me espera. Abro con cuidado, entro en la habitación en el instante que un dolor intenso me ciega. Cuando recupero la visión la veo de pie delante de mí, me observa con una mirada que me aterroriza. Se sienta a horcajadas sobre mi cintura, acerca sus labios a mi oído y  con  voz muy suave me susurra, mientras juguetea con las tijeras que lleva en la mano: “¡inocente!, el juego comienza ahora”. 

Basándome en algunos hechos que me han ocurrido este verano, sobre todo en unas llamadas que he recibido un par de días, he escrito este relato de ficción. Ficción que se puede hacer realidad, si me topo con el autor de las llamadas. Yo y mis tijeras (no he equivocado el orden) sumaríamos, a la lista, un nuevo "castrati"



viernes, 30 de agosto de 2013

Relatos de dos rombos, o no






Llevo tantísimo tiempo sin escribir que he perdido la perspectiva y no distingo la calidad de lo que he escrito, y si, ya antes, no solía corregirlos y los publicaba tal cual por qué no ahora, así que os lo dejo a vosotros; las críticas, los comentarios, serán, muy, muy, muy, bienvenidos.
Los textos siguientes comparten alguna frase porque están escritos durante la misma noche. Como con el primero no supe continuar, volví a empezar.

Aquí va un poquito de calor para estas noches tan desapacibles del Mediterráneo.

Déjate llevar


No hace falta que sigas tarareándome  al oído  Déjate llevar, no he olvidado su letra. Desde aquel día, en el concierto de Coque Malla, en el que te conocí, no he dejado de cantarla. Sé que esta vez es distinto, antes era yo la que quería que te dejaras llevar y ahora eres tú el que me persigues, el que quiere que levante el pie del freno. De momento no lo estás haciendo mal, el calor de tus manos al recorrer mis muslos, me ha cortado la respiración. ¡Qué absurda! No paro de hablar, estoy aterrorizada. No miento cuando te digo que siento como si fuera la primera vez, cuántos años han pasado sin que nos hayamos visto. Bésame y a lo mejor guardo silencio. ¡Ay!, tus labios.  ¿Si abro los ojos estarás ahí o este será otro de mis sueños en los que me pierdo entre tus brazos y me besas y me muerdes? Mírame mientras nuestras lenguas se enredan, tu saliva sigue recordándome el sabor de la fruta, no quiero parar aunque me falte el aire. Tus dedos se acercan al elástico de las braguitas y, aunque me asusto y te digo que pares, abro las piernas. Apartas la mano sonriéndome, veo en tus ojos cómo disfrutas.






¿Cómo voy a dormir si el calor de tus manos no desaparece de mis muslos? Este fue el primero de los mensajes que él recibió aquella noche. ¿Ahora, qué quería? Hacía una hora que le había dicho que quería acostarse con ella y lo había rechazado. No le contestó. A partir de ahí se sucedieron cuatro mensajes más. “Todavía me duelen los labios por tus besos”. A él también. “Me gustaría que nuestras lenguas se volvieran a enredar y beber de tu saliva”. La de ella le había recordado el sabor de la fruta. “Quiero que me acaricies”. Cómo. En el cuarto mensaje le enviaba una foto en la que se la veía desnuda y le decía que la llamara por Skype. Estaba tan excitado que no se lo pensó. Cogió el portátil, se tumbó en la cama y la llamó. Un minuto después la tenía frente a él, al otro lado de la pantalla. Estaba sentada delante del ordenador, no se le veían mas que la cara y los hombros. Sin decirle una palabra, comenzó a acariciarse la boca, a lamerse los labios. Él se mordió los suyos. Se acarició el pelo, moviendo la cabeza lentamente, de un lado para otro, y sonrió al oírlo suspirar. Le pidió que guardara silencio, se desnudara; quería ver cómo desabrochaba los botones de la camisa hasta dejar su torso al aire y le pedía que pasara sus manos por él hasta llegar a la cintura, que se quitara los pantalones y se quedara de pie. Entonces ella también se levantó, dejándole ver unos pechos grandes, la curva de su cintura, de sus caderas, unos muslos potentes que enmarcaban  la pelusilla de su pubis. La vio chuparse los dedos, dibujarse el contorno de la barbilla, descender por el cuello, juguetear con los pezones, deslizarlos por el  vientre, comenzar a acariciarse entre las piernas, mientras le ordenaba que se tocara, primero suavemente, después un poco más deprisa, que acelerara el movimiento de su mano para acompasarlo al ritmo de sus dedos. Con la voz entrecortada le dijo que siguiera, “más rápido, más rápido”. Dejó de hablar. Solo se escucharon los jadeos y el roce de sus manos con la piel hasta que la vio arquear la espalda, a la vez que un grito de ella atravesó la pantalla y lo arrastró a un orgasmo intenso, paralelo. Se quedó quieto, con los ojos cerrados, intentando frenar los latidos del corazón y calmar su respiración descontrolada, antes de levantar la mirada. Pero el aviso de un mensaje sonó en el móvil. Fue el quinto y último de aquella noche. “Ven, ahora sí quiero que seas tú con tus labios, tu lengua,  tus manos y tus dedos…”