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viernes, 2 de septiembre de 2011

Placeres que matan

La cena se enfriaba en la mesa mientras retozábamos en el suelo. Era nuestro 25 aniversario y, para celebrarlo, preparé una comida especial: crema de apio con virutas de gambas; unas bolitas de carne con azafrán, acompañadas de unas cebollitas cubiertas con un picadillo de jengibre, cardamomo y canela, y, como postre, unos pastelitos de miel y almendras. Ni lo probamos. Desde el momento que entraste en casa comenzamos una coreografía de labios, manos, piernas, lenguas que nos llevó de la pared a la mesa y de ésta a la alfombra. Debía ser el ambiente, cargado de las esencias que distribuí por toda la casa. Fue una noche memorable, tanto que, después de un año, aún recuerdo tu mirada aterrorizada mientras te daba el, segundo y fulminante, ataque al corazón.

Existen los milagros

Hace ya tiempo que aquí nadie cree en los milagros. Desde que leí esta frase en el tablón del Ayuntamiento de aquel pueblo abandonado, no consigo olvidarla. Aquel día fue milagroso para mí, conseguí que se encendiera el coche, que él me acompañara, que nos equivocáramos de desvío y llegáramos a aquél lugar, que él quisiera darse un baño en el río, que comenzará una lluvia torrencial, que no hubiera a quien pedir ayuda y que él desapareciera bajo las aguas.

Mis amigas y yo


Fela
 Recuerdo que apareció en el patio del colegio con su larga melena rubia, el azul de sus ojos, acentuado por su piel bronceada. Traía con ella el sabor del salitre, la quietud de las olas, el misterio del horizonte... el mar.

Gema
 No recuerdo el número de sus pecas, pero sí de sus abrazos, de nuestros juegos, de las confidencias, de la seguridad de tenerla a mi lado, de su cuerpo espigado y de su consecuencia consecuente.

Rocío
 Recuerdo la primera vez que la vi llorar, parecía un dibujo animado. Sus ojos se llenaban de lágrimas, que no desbordaban si no parpadeaba. La tristeza solo tenía lugar en aquellas pupilas verdosas.
                                                                             
Yo
 Recuerdo tu pelo negro y lacio, siempre brillante, tus manos pequeñas y alargadas, y tus ojos, penetrando en los míos para ver mis pensamientos. De Rocío.